Ocurre algo más y es esto: tu hijo está cambiando como
persona, como ser humano. Como las serpientes, está mudando de piel y de
personalidad. Hay veces –muchas, debes confesarlo– en que le hablas y no te
oye. Parece escucharte, pero no registra en lo más mínimo lo que le has dicho.
O masculla, simplemente: "Sí, sí, está bien. Está bien", como se les
dice a los locos, sólo para conformarlos. O, cuando le reprochas algo, responde
con frases de un cinismo notable tales como "Mala suerte" o "Qué
pena", como aseverando que tus desvelos por corregirlo serán vanos,
morirán, infructuosos, aplastados por los ya escritos designios del destino. O
sólo contesta con un desafiante e insolente "¿Y...?" cuando su madre
le recuerda que no ha ido este mes a visitar a sus tíos. Y hay otro llamado de
atención, te recuerdo, muy claro y estremecedor, convengamos: en ocasiones te
mira como para matarte. Aquellos ojos de ardilla que se abrían encantadores
cuando tú le mostrabas el libro con la historia de los dos ositos, ahora se clavan
en los tuyos y tú adviertes, lisa y llanamente, que tras sus pupilas titila un
brillo asesino, el mismo que alumbrara la locura homicida de Charles Manson.
Continuará...
No hay comentarios:
Publicar un comentario